TEXTOS, ILUSTRACIONES Y DIBUJOS DE LA SAGA DE LOS CONFINES

El Arte de Los Confines es un proyecto en conjunto entre la escritora Liliana Bodoc y el ilustrador Gonzalo Kenny, para ilustrar de a poco el universo creado por la escritora en su trilogía "La Saga de Los Confines". Los invitamos a todos a encontrarse con los personajes de esta maravillosa obra, conocer textos inéditos de La Saga y perderse en cada uno de los rincones de Los Confines. Esperamos que disfruten todo el material aquí presentado y puedan dejarnos sus comentarios y opiniones. Cálidos saludos para todos,
Liliana y Gonzalo.


2010-11-30

Dulkancellin


 Muchos de ustedes saben que estoy trabajando, desde hace largos meses, en un libro de relatos de Los Confines. Durante la tarea escribí algunos que luego quedaron fuera, porque el proyecto narrativo acabó negándoles una cabida genuina. Este es uno de esos relatos que no saldrán publicados en el libro. Además de ser casi una infidencia sobre Dulkancellin. ¡Confío en que ustedes sabrán guardar este secreto del mejor gerrero de Los Confines!
Liliana. 
   

Un guerrero mataba a un guerrero, y la gloria se repartía entre ambos.

         Una cuestión de honor enfrentaba a dos linajes husihuilkes.
         Ulmen partíría pronto a una batalla pero su hijo, que contaba con doce años del sol, no tenía edad para acompañarlo.
         Dulkancellin miraba desde afuera los preparativos, y sentia rabia por estar obligado a permanecer junto a Kush mientras los guerreros iban a pelear.
         A partir de los diez años del sol los niños participaban en los adiestramientos, podían ayudar en los aprontes de las batallas y compartir la noche con los hombres que quizás morirían al día siguiente. Solo eso, porque todavía no debían morir ni matar.

         La noche anterior a la batalla, la que era pensada y comprendida como una línea ritual, había llegado. El campamento guerrero estaba en calma.          


         A Dulkancellin le costaba entender el silencio de los hombres. No parecían felices como él lo estaría en su lugar.
         El niño vagaba a la luz de la luna, peleando en su imaginación con guerreros legendarios, cuando encontró al joven que venía de Las Perdices y se aprontaba a iniciarse en el campo de lucha.
         - Será larga esta noche para ti - dijo Dulkancellin, sentándose a su lado. Y agregó - ¿Cuál es tu nombre?
         - Ligüé.       
         - Ya tienes dieciseis años del sol, ¿verdad? - Dulkancellin deseaba estar cerca del afortunado y escucharlo hablar de su iniciación.
         Sin embargo, y a juzgar por la expresión de sus ojos, Ligüé no parecía pensar lo mismo de su suerte. El miedo lo controlaba y su único deseo era transformarse en hormiga.   
        
         Las verdaderas leyes, decían los ancianos, son las que no necesitan ser pronunciadas.
         Y era la ley de la costumbre, entre los husihuilkes, que los guerreros jóvenes tuvieran tiempo de pelear sin morir. Un pacto silencioso los protegia. Sus muertes no aumentaban la virtud de los guerreros de renombre sino al contrario. Esa era la causa de que entraran al campo bien diferenciados por la pintura con la que se cubrían el rostro y el pecho.

         Aún así, Ligüé no queria que amaneciera. Era inmensa la fama de bravura del linaje adversario, y él queria regresar a su aldea para seguir jugando con sus hermanos pequeños.          
         La compañía de aquel niño de Paso de los Remolinos, desconocido pero semejante a él mismo, quebrantó su pudor y, sin poder evitarlo, estalló en sollozos secos y cortados. Cuando alzó la cabeza, Dulkancellin ya no estaba allí. Ligüé se levantó a buscarlo, temeroso de que hubiese ido a dar noticias de su cobardía pero, por más que dio vueltas por todo el campamento, no logró dar con él.
        
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         En los dos bandos habia guerreros nuevos, pintados para ser reconocidos con facilidad.
         No se esperaba que los hombres de gloria fueran contra ellos. Los más osados entre los jóvenes, aquellos que avanzaran en el campo, recibirían las primeras heridas. Cicatrices necesarias para adquirir destreza y, quizás, renombre. Solo con el tiempo obtendrían el derecho a quitar la vida ajena. Y el deber de ofrendar la propia.
         La muerte de un guerrero puede resultar de su impericia y hasta de su miedo. Las muchas cicatrices, en cambio, señalan a un hombre capaz de sostener su temple y avanzar en cada batalla; eso pensaban los husihuilkes.

         El sitio y el tiempo de aquellos enfrentamientos se establecían entre los contendientes.
         Lejos de las aldeas y de los sembradíos, las batallas no se ganaban por masacre. Quizás porque el argumento de la victoria no eran las vísceras ajenas sino la propia grandeza.
         La guerra entre husihuilkes estaba subordinada a las leyes. Y la sangre que se derramaba llegaba a la tierra indispensable y orgullosa.  

         En aquella ocasión, sin embargo, sucedió algo pocas veces visto.
         Uno de los guerreros jóvenes avanzó en el campo de batalla con la lanza en alto hasta la línea donde peleaban, cuerpo a cuerpo, los mejores de cada linaje.
         En un instante estuvo de pie frente a un hombre que le llevaba cuatro vidas de ventaja y que, casi de inmediato, lo lanceó en el muslo izquierdo.
         Eso no fue bastante para hacerlo retroceder. Y en el segundo intento de lucha recibió otra herida. Esta vez, en la cadera.
         Pero tampoco fue bastante. Lejos de conformarse con sus dos primeras marcas, el joven quiso continuar, enfurecido por la facilidad con que era castigado. Entonces, y antes siquiera de entender el cuerpo de su rival, estuvo derribado y a merced de uno que hubiese podido darle muerte con una sola mano. El guerrero, en cambio, lo alzó sobre sus hombros y lo arrojó lejos, como si pesara menos que una liebre y valiera menos que un escupitajo.
        
         Ya fuera del campo de batalla, Dulkancellin se frotó el cuerpo con el aceite que desleía la pintura de guerra. Lavó las heridas y se colocó lo mejor que pudo las compresas que evitaban el agusanamiento. Luego, y cubierto desde la cintura para evitar que las heridas lo delataran, presenció la derrota de su linaje. 
 
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         Tres noches después, los guerreros derrotados se sentaron en rueda para hablar acerca de lo sucedido.  A pedido del jefe, y como resultado de un acuerdo previo, Kupuka tomó la palabra.

         - Hubo uno entre nosotros que deberia ocupar hoy el centro del círculo pero, por desdicha, no sabemos su nombre. Uno que actuó como un guerrero entre pocos, que avanzó a la par de los más valientes, y ofrendó su cuerpo para la gloria del linaje sin tener la obligacion de hacerlo.  ¿Es tanta su humildad que no se pondrá de pie?
         Las miradas de Ligüé y Dulkancellin se cruzaron. Ambos pensaron la misma cosa, desde sitios diferentes.
         Sentado en el círculo, junto a los guerreros que venian de Las Perdices, Ligüé pensó que él no había avanzado ni un palmo más allá de su deber.
         Sentado junto a su padre, Dulkancellin pensó que era él quien debía estar en el centro de la celebración.
         Kupuka continuaba diciendo:
         - Hubo un joven guerrero que concedió a la pelea más de lo necesario, entregó más de lo posible y arriesgó más de lo que nadie podía pedirle.
         Ulmen miró a su hijo y sonrió como si le dijera: Un día estarás tú en ese sitio.
         Pero ese honor ya me corresponde, pensó Dulkancellin en respuesta. Ese lugar es mío.
         - ¿Dijiste algo, pequeño? - La pregunta de Kupuka lo sobresaltó. Él no habia pronunciado palabra, estaba seguro de eso. Pero el Brujo de la Tierra volvió a insistir. Los demás lo miraban como si hubiesen escuchado también.
         - ¿Qué fue lo que diijiste?
         El hijo de Ulmen y Kush era incapaz de responder.
         - Señalaste con claridad que el centro del círculo te corresponde. Y ahora estás obligado a explicarte. Ponte de pie, camina hasta aquí y habla - ordenó Kupuka.
         Ulmen ignoró a su hijo a fin de no entrometerse en la autoridad del Brujo de la Tierra.
         Ahora Dulkancellin sabia que pensar y hablar era la misma cosa frente a Kupuka. Se levantó y caminó con evidente dificultad.
         - Fui yo quien avanzó en el campo - dijo, cuando llegó junto al Brujo.
         - ¿De qué campo hablas?
         - Del campo de batalla.
         - ¿Dices que fuiste tú, y no un guerrero joven, quien se adelantó hasta el sitio de los mejores?
         - Sí, ese fui yo
         - ¿Y recibiste una herida?
         - Recibí dos.
         - ¿Y peleaste con tanto coraje aún sin tener los años suficientes?
         Los acontecimientos que habían tenido lugar en visperas de la batalla pasaron como una ráfaga por la memoria de Dulkancellin.
         El Brujo de la Tierra repitió aquellos pensamientos con toda claridad.
         - ¿Dices que hallaste a Ligüé acobardado y lloroso? ¿Dices que eso te enojó tanto que decidiste tomar el lugar que, en tu opinión, el guerrero de Las Perdices no supo honrar? ¿Afirmas que te marchaste de alli y así pusiste en práctica tu determinación?-  El Brujo increpó al cobarde - ¿Es como él lo dice, Ligüé?
         Ligüé se puso de pie para balbucear:
         - Sí, Kupuka. Es como lo dice.
         Y los acontecimientos de la noche previa a la batalla pasaron por su cabeza para que, de nuevo, el Brujo de la Tierra pudiese leer.
         -  Entonces, Ligüé, ¿es verdad que el miedo fue mayor que tú? ¿Verdad que deseaste volver a Las Perdices para jugar con tus hermanos? ¿Y es verdad también que, cuando alzaste la cabeza, Dulkancellin ya no estaba a tu lado y temiste que hubiese ido a delatarte frente a los mayores?
         La vergüenza era peor de lo que el miedo había sido.
         - Entonces - continuó Kupuka -, cada una de las palabras que antes pronuncié le pertenecen por entero a Dulkancellin, hijo de Ulmen.
         Kupuka miró a su alrededor. El circulo de guerreros esperaba.
         La voz del Brujo cobró el fuerza que todos conocían.
         - Tú, Dulkancellin, sin años para guerrear, entraste en batalla y concediste más de lo necesario, entregaste más de lo posible y arriesgaste más de lo que nadie podía pedirte. Por eso ahora, en medio del círculo sagrado, he de darte un nombre. ¡Conejo insensato!, así te llamo. Pequeño insensato conejo que ofrendaste una vida que nadie desea tomar, que concediste a la pelea más de lo necesario y asi avergonzaste a tus mayores, que entregaste más de lo posible y con eso apuraste la derrota de tu linaje. 
         Era frecuente que Kupuka riera en mitad de un enojo para luego, y cuando todos empezaban a aliviarse, regresar a él con mayor fuerza.
         - Tendrás que devolver esas dos heridas de las que tanto te jactas, pequeño insensato arrogante conejo. Cuando llegue tu edad, sufrirás tres heridas para obtener la primera. Ahora corre a casa, porque si te castigáramos como a un hombre te daríamos razón... Corre a casa con Kush. Será ella quien cure tus rasguños y disponga tu castigo. ¡Aléjate de nuestro olfato! - Y señalando el camino, gritó -: ¡Vete de aquí, entrepiernas paspadas!
         Luego miró a Ligüé.
         - Y tú - dijo -, llevarás contigo el pesado honor de haber cumplido la ley a pesar de ti mismo.  

         Porque los husihuilkes creían que había líneas en la vida de los hombres, y que era imprudente cruzarlas antes de tiempo.

8 comentarios:

  1. gracias! gracias liliana por tan bello relato. dan ganas de irse a pasear por las sierras, a ver si encuentro a kupuka en algún sendero. un abrazo!
    Oscar

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  2. Gracias!!! gracias por por continuar.

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  3. Q buena onda! me gusto la leccion que recibio y la explicacion de la misma. El valor tambien tiene que usarse con responsabilidad.
    Gracias

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  4. Gracias, Liliana!!!! Y gracias Gonzalo, también! El texto es hermoso. ¿Cuándo va a salir el libro de relatos? No quiero pecar de insistente, pero ¿cuándo?, ¿cuándo?

    Muchas gracias por la generosidad.

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  5. Gracias por abrirnos una puerta a Los Confines!Gracias por alimentar nuestra imaginación con tanta belleza y sabiduría.

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  6. Bellísimo!! Gracias Liliana y Gonzalo! hermosas palabras bien escogidas para crear tan bonito relato! Saudos!

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  7. muy bueno me fasino teda ganas de tener el cuarto libro

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