TEXTOS, ILUSTRACIONES Y DIBUJOS DE LA SAGA DE LOS CONFINES

El Arte de Los Confines fue un proyecto en conjunto entre la escritora Liliana Bodoc y el ilustrador Gonzalo Kenny para ilustrar el universo creado por ella en su trilogía "La Saga de Los Confines".
En el año 2017 cumplieron su sueño de autoeditar un libro-ábum al que llamaron "VENADO - El Arte de los Confines."
En este blog se encontrarán con los personajes de esta maravillosa obra, conocerán textos inéditos que compartió Liliana y podrán perderse en cada uno de los rincones de Los Confines.

2019-07-27

Palabras de Liliana - Blog

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2019-07-03

JUGAR CON AGUA

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(Liliana Bodoc – Del libro “Ondinas”)

Tener dos médicos en casa no es tan bueno como
puede parecer. Padre especializado en vías respiratorias
y madre oncóloga pueden impedirte ser feliz.
Un estornudo, y el tipo deja los cubiertos en la
mesa y me mira con cara de Facultad de Medicina.
Aunque intenta aguantarse, al rato nomás se me tira
encima. Y lo peor de todo… ¡hace como si estuviéramos
jugando a la luchita para auscultarme los pulmones!
Madre oncóloga significa que está pendiente de los
lunares que tengo en la espalda. Hasta le puso nombre
a los más grandes, Junio y Lucero, y les habla para
mantenerlos a raya.
La cuestión se agrava si, además, sos hijo único;
porque entonces sos paciente único.
Muy de tanto en tanto, les tocaba hacer guardia la
misma noche. Pero eso no era mejor para mí porque,
desde luego, no me dejaban solo. Venía a cuidarme la
hermana mayor de mi mamá, que tenía un hijo de mi
edad. A propósito de eso, mi tía siempre decía lo mismo.
Que ya habían “cerrado la fábrica”, que cuando
empezó con náuseas creía que era un ataque al hígado.
Y cerraba con “Mirá lo que resultó… Ya tiene trece
años el ataque al hígado”.
¿Qué le causaba tanta risa? Yo bajaba los ojos para
no odiarla.
Hijo único más hijo menor de mamá grande puede
ser una mala junta. Y esa noche lo fue.
Ni mi primo ni yo quisimos hacer tanto daño, hacer
tanta muerte. Porque la muerte también se hace.
***

Mi tía y mi primo llegaron puntualmente. Mi viejo
me acarició la cabeza. Mi mamá me dio un beso con
ruido. ¿Por qué no me advirtieron? ¿Por qué no me dijeron
“Ni se te ocurra subir a la terraza”?
Se fueron sin decir nada de eso. Y en cierto modo
era razonable, porque a nadie se le ocurriría subir a la
terraza una noche helada de julio. Caía agua nieve y el
cielo colgaba como un telón desvencijado.
Mi tía se sentó a ver televisión. Nosotros, como
siempre, nos fuimos a mi dormitorio.
¿Por qué la tecnología no fue suficiente? ¿Por qué
no nos conformamos con la crueldad que posibilitan
las pantallas? ¿Por qué quisimos ser malos al aire libre?
—¿Vamos a la terraza?
—Dale.
Pregunta y respuesta que desencadenaron la peor
cosa que me pasó en la vida.
Era fácil ir a la terraza sin que la tía lo notara, porque
pasábamos de la cocina al patiecito donde estaba la
escalera. Apenas salimos al patio, nuestras respiraciones
se condensaron en un humo blanco que, desgraciadamente,
no nos hizo señales.
Los que suben a una terraza van de inmediato hasta
el borde. De hecho, lo único que importa de una
terraza son los límites que la separan del vacío. Dueños
de una noche helada, así nos sentimos. Y eso, en
vez de hacernos actuar como adolescentes, nos retrocedió
a la infancia.
—Mirá quién está ahí —dije.
Era Gallo Negro, el linyera del barrio.
—Y está meando el árbol.
Gallo Negro era para nosotros, invierno y verano,
un hombre muy delgado, de mediana estatura, cubierto
desde la cabeza con una manta negra. Solamente emergía
una enorme nariz ganchuda y unos mechones de
cabello rojo: pico y cresta. El apodo le venía desde antes
de que yo naciera.
Como era parte del barrio, algunas vecinas le daban
algo de comer en bandejitas de rotisería. En esas ocasiones,
él sacaba una mano por entre su manta negra, y
agradecía con una inclinación de cabeza.
Ahora Gallo Negro estaba allí, frente a mi casa,
meando el árbol de la vereda angosta del pasaje. De
espaldas a nosotros.
—¿Y si le tiramos un baldazo?
Ahí debería haber hecho Dios un milagro, mandar
un ángel que nos detuviera a tiempo. Pero no recibimos
esa divina oportunidad.
Ni siquiera hizo falta el asentimiento de mi primo.
La manguera y el balde con los que mi vieja limpiaba el
piso de la terraza estaban en un rincón. Llenamos tanto
el balde que tuvimos que cargarlo entre los dos.
—Apurate que se va a ir. —Reconozco que eso lo
dije yo.
Gallo Negro seguía allí. Ya no meaba, claro. Pero seguía
de espaldas a nosotros. Juro que no pensé en la intemperie,
juro que no se me ocurrió que Gallo Negro no tenía
toallas ni ropa seca para cambiarse. Entre los dos alzamos
el balde para apoyarlo en la baranda.
—Dejame a mí.
Y fui yo el autor del hecho. Yo derramé el baldazo de
agua fría, en plena noche de invierno, sobre el linyera y
su miseria infinita. Nunca supe si levantó la cabeza,
porque nosotros ya estábamos agachados y huyendo en
cuatro patas. Recién nos enderezamos en la escalera.
Bajamos corriendo y nos metimos en la habitación.
—¿Y si toca el timbre?
—Que toque… La tía no le va a creer.
—Ajá —dijo mi primo.
Pero nadie tocó el timbre. Y nosotros nos portamos
bien el resto del tiempo. Demasiado bien, como hacen
los culpables.
***

A la mañana siguiente, cuando me levanté, mi tía
y mi primo se habían ido. Era sábado, y me puse contento.
En la cocina, mis viejos tomaban mate, comían facturas
y hablaban como siempre lo hacían: con una pasión
que me resultaba exagerada.
—¿Cómo puede haber gente así? —decía mi vieja.
—Buen día —interrumpí.
—Buen día, mi amor. Ya te hago té con leche.
Me senté a la mesa, cubierta con un mantel que tenía
estampadas calabazas, rodajas de sandía y uvas. Mi
mamá sacaba la leche. Recuerdo todo a la perfección,
detalladamente. Su brazo derecho sostenía la puerta de
la heladera, su brazo izquierdo avanzaba hacia el interior
frío para sacar de allí un porta sachet de color violeta.
Ella, mi mamá, tenía puesta una bata rosada.
—¡Hay que ser basura! —murmuró mi viejo.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Gallo Negro… Lo llevaron esta madrugada al
hospital. Le echaron agua y pasó la noche empapado.
¡Hay que ser basura! Esas palabras crecieron conmigo
y me transformaron en lo que soy.
—Pero nadie se muere por eso —supliqué.
Mamá me respondió parada al lado de la cocina,
donde esperaba que la leche no hirviera:
—Un balde de agua helada no te mata a vos, ni a
mí. Pero si puede matar a un hombre desnutrido, que se
durmió mojado y a la intemperie.
—¿Pero quién pudo hacer algo así? —Mi viejo seguía
empecinado en trazar el perfil psicológico de la bestia que
había mojado a Gallo Negro. Y yo pensé en mí.
—¿Dijo algo? —pregunté.
—Dijo que lo habían mojado desde un techo. Dijo
que fueron dos ángeles. Pobre, deliraba de fiebre.
Yo encogí las piernas y me abracé a ellas.
—Vos lo vas a curar, ¿no, papá?
Mi viejo creyó que eso era un acto de amor y confianza.
—Voy a hacer todo lo posible —sonrió.
***
Pasé casi todo el sábado en mi habitación. Para colmo,
seguía lloviznando nieve.
Pasé el domingo con miedo. Y no quise salir a la calle.
En una esquina me esperaba la cárcel; en la otra, el infierno.
Llegó el lunes. Nunca había esperado con tanta ansiedad
que mi viejo volviera del hospital.
—¿Cómo está Gallo Negro?
Mi papá debe haberse sentido orgulloso de mi sensibilidad
social.
—Buenas noticias. Mejoró.
Yo me alivié. Me juré ser una buena persona minuto
a minuto.
El martes y el miércoles fueron los mejores días de
mi vida. Pero el jueves, a la hora de la cena:
—Empeoró —dijo mi viejo.
El viernes, sin embargo, el parte médico cambió.
—Parece que los nuevos antibióticos están resultando.
Mi mamá hizo algún comentario escéptico, mencionó
que los resultados de los análisis generales y del chequeo
no eran nada buenos. Pero yo preferí escuchar el
optimismo de mi viejo.
—Papá, ¿quién inventó los antibióticos?
—Fleming.
Lo pregunté para saber a quién debía agradecerle
en silencio.
Lástima, para el resto de mi vida, que el lunes todo
se oscureciera.
—No creo que Gallo Negro pase la noche. Lo vamos
a extrañar.
Mi viejo se equivocó en lo de no pasar la noche.
Gallo Negro murió el miércoles. Llovía de nuevo.
Hay muchas maneras de saberse culpable. La mía
es una rata.
Mis viejos eran médicos de un hospital público, estaban
acostumbrados a ver morir gente. Pero esta vez
también se les había muerto una leyenda.
—Pobre —dijo mi papá para cerrar el tema.
—Pobre según se mire.
El comentario de mi mamá me puso en estado de
alerta. Era obvio que mi viejo sabía a lo que ella se
refería. Entonces fui yo quien debió preguntar.
—¿Por qué según se mire?
—Tenía un cáncer terminal. No iba a vivir mucho.
Intenté consolarme con eso, pero no hubo forma.
Que Gallo Negro se fuera a morir pronto no significaba
nada. La rata seguía royendo mi corazón.
Nunca pude hablar con mis padres. No tanto por
mí sino por ellos. Iban a sufrir, no iban a saber qué
hacer con sus manos.
Mi primo y yo dejamos de ser amigos, y tampoco
hablamos del tema.
Por mi parte, hice todo lo que pude. Eso que algunos
llaman locura y otros, vocación. Ahora tengo cuarenta
años y el corazón deshilachado.
***

—Doc, vaya a dormir un rato.
Ofelia es una enfermera que trabajó con mis padres,
y me cuida en su nombre.
—No hace falta.
—Se va a enfermar.
—Estoy bien, Ofelia.
Pero la querida enfermera insiste.
—Deje que trabajen los pibes que están haciendo la
residencia. El que llegó es un hombre de la calle que ya
está más muerto que vivo.
Miro a Ofelia como si me mirara a mí mismo.
—Por eso mismo —contesto.
Otra noche de mal dormir es lo mejor que puede
pasarme. Un día y otro y otro. Así, tal vez, Gallo Negro
pueda perdonarme.

2019-06-21

INTI RAIMI

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INTI RAIMI

Yo sé muy poco sobre los dioses, casi nada. No sé donde habitan.. no sé si duermen... Tampoco sé si llevan cuenta de cada uno de nosotros y nuestros actos. Ignoro si se pronuncian en plural, en mayúscula, hacia el Este, hacia el río.

Yo no sé casi nada sobre Dios, pero cuando deseo imaginarlo se me aparece el sol... Omnipresente, justo, indoblegable. Contra el que nada pueden las cadenas ni los señuelos de oro. Nada más parecido a Dios que este sol nuestro, principio de la vida, tan lejos y tan cerca.


Y nosotros, sus hijos, queriendo hacernos a su semejanza: justos, indoblegables. Sin que puedan contra nosotros las cadenas o los señuelos de oro.

Y aquí sus hijos, adeudándole la mejor de todas las ofrendas, la única que el sol puede esperar. Salir al cielo, iluminar un día
la primera mañana sin hambrientos
la primera mañana sin espanto
la primera mañana de los hombres.
Salir al cielo para iluminar
la primera mañana sin esclavos.

Liliana Bodoc
2007-11-11


2019-02-04

LO FANTÁSTICO

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LO FANTASTICO


Comienzo por lo que me parece más relevante: leemos literatura porque una vida no nos alcanza. No nos alcanza un amor, un patio, una profesión… Y tampoco nos alcanza una muerte. Querríamos morir en un campo de batalla, en una cama junto a nuestros seres amados, querríamos morir sin despertar, pero también diciendo una frase inolvidable. Y sobre todo, querríamos morir y seguir viendo lo que ocurre.

Leemos literatura fantástica porque el recorte al que nuestra pertenencia cultural llama realidad no es bastante para entendernos y menos para entender al otro.

Es frecuente asimilar lo fantástico a la evasión, a la construcción de irracionalidad. Es frecuente creer que la fantasía puede producir pensamientos y conductas inviables e ineficientes en el mundo real.

Prejuicio y desconocimiento. Paradigma desprestigiado por el discurso dominante. Mandato de un sistema que necesita individuos y no tribus; que le saca provecho a la uniformidad, que se apodera, o pretende apoderarse de la verdad. Que prefiere obviar el hecho de que gran parte de la realidad humana y social es una construcción y un modo de organizar las percepciones y no un modelo preexistente. Con seguridad, lo fantástico pertenece a un ámbito difícil y contradictorio, y es presa fácil para la charlatanería y la infantilización.

Sin embargo, el concepto de lo mágico y/o de lo fantástico como un abordaje de la realidad y un modo de comprender el mundo enaltece a la especie humana, habla de sus múltiples inteligencias, nos advierte que la razón no siempre alcanza, que no es bastante para explicar los fenómenos ambiguos que genera nuestra subjetividad.

También somos hijos de la maravilla.

Al fin, ¿por qué la especie humana alentó la fantasía en la construcción de sus culturas?, ¿cuál es la explicación para el anhelo de lo sobrenatural, de lo maravilloso, que parece acompañar a todos los pueblos del mundo?, ¿es posible decir que lo fantástico es un asunto "primitivo", que se debe a la ausencia de mejores explicaciones?

Cierto es que el pensamiento racional y el método científico han tomado las riendas del conocimiento para generar tanto las soluciones como los nuevos desafíos. No obstante, el pensamiento mágico siempre pugna por reaparecer, y lo consigue. Lo maravilloso se actualiza y regresa, cambia de registro, se transforma en arte, se disfraza de meta-ciencia, pero siempre vuelve.

Es en este sentido que me atrevo a señalar algunas causas que justifican este anhelo por lo fantástico.

- La primera de ellas es que lo fantástico nos permite crear nuevos conceptos. No duendes saltarines, no zombis, no vampiros, sino conceptos acerca del Otro, acerca de lo lejano y desconocido, de lo escaso y misterioso, de lo terrible y de inefable. Y crear conceptos es crear conocimiento.

- La segunda razón es que despotencia el miedo. Lo fantástico es capaz de intervenir en nuestros más grandes terrores para hacerlos accesibles. Les otorga cuerpo, conductas, orígenes, y así podemos mirar a nuestros miedos a los ojos.

- Lo fantástico puede proponer explicaciones alternativas para los fenómenos reales, ensayando soluciones no convencionales.

Tal vez, aunque sea atávica y simbólicamente, la literatura fantástica nos revela la existencia de otro orden posible, de culturas gigantescas e incomprensibles. Y nos permite visualizar que no hay un único modo serio de conocer el mundo, ni un solo recorte aceptable de la realidad.

Pensemos un momento en la lectura de textos fantásticos y en las potencias que posiblemente pueda desarrollar.

La lectura de textos fantásticos desarrolla necesariamente nuestra condición poética, porque no hay modo de acceder a esos textos sino es en clave simbólica y metafórica. En todo caso, obliga a los lectores a ejercitar la fascinación además del raciocinio.

Pensemos en Alicia y su País de las Maravillas.

Alicia cae por un pozo, como por una búsqueda, y se encuentra enfrentada a un mundo que no comprende. Llega cargando su bagaje de practicidad, sentido común, pensamiento inductivo, racional, con su mundo de mandatos unívocos: esto es esto. Llega y se encuentra con personajes que, de un modo u otro, se plantean como Otros. Una otredad que atraviesa la lógica establecida, propone pensamientos

alternativos y soluciones nuevas. Una otredad que problematiza el concepto de realidad, y resuelve de maneras distintas, inéditas.

Alicia no es una divagación caótica, una explosión de sinsentido. Y muchísimo menos es el sueño de una niña, tal como lo escribió Lewis Carroll seguramente guiado por su época. Alicia es una metáfora eterna del ser humano ante la "tragedia" de la realidad. Una metáfora acerca de la necesidad humana de afrontar el tiempo, el amor, la muerte, la cordura con más herramientas que el puro sentido común y la racionalidad.

Alicia es la exposición de que la palabra unívoca no solo no es bastante para comunicarnos, sino que al contrario, genera desencuentros y soledad.

Podemos y debemos leer literatura fantástica porque la realidad que habitamos, desde la división del tiempo hasta la tabla periódica, desde los colores hasta los pecados originales, es una construcción transitoria. Es un dibujo que no descarta la multiplicidad de dibujos que proponen otras realidades, igual de válidas que la nuestra.

Debemos leer literatura fantástica porque somos adultos.

También porque nuestro cuerpo, si sabemos escucharlo, nos reclama el espacio inconmensurable y libre de la magia.

Debemos leer literatura fantástica porque vivimos demasiado poco para la gran capacidad de soñar que nos fue otorgada.


LILIANA BODOC

UNSAM - Noviembre de 2015

CANTO

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CANTO

“Vaya y díganle a Kuy-Kuyen que no lo espere bajo el nogal, ni en ninguna otra parte. Vayan y cuenten en las aldeas que volvió el mensajero.
Digan que está cansado. Y que camina con dolor. Que parece un anciano cuando calla y parece un niño cuando sonríe. Digan, también, que continúa cantando contra el Odio. Porque aprendió, de tanto andar la tierra, que el Odio retrocede cuando los hombres cantan.”

LILIANA BODOC - Los días del Fuego - La Saga de los Confines III

PROPÓSITO

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- PROPÓSITO:

"Esta es una ciruela. Y este es su carozo.
Si pudiéramos poner este carozo a salvo de toda destrucción y sembrarlo, dentro de muchos años recuperaríamos las ciruelas.
– Zabralkán engulló la pulpa amarilla. -
No esta ciruela, aunque quizás, sí.
Como sea, recuperaríamos el propósito de las ciruelas."
-¿Y qué comprendes ahora?
- Comprendo que del otro lado de la Puerta un carozo puede ser, como tú dices, el verdadero rostro de la vida.

LILIANA BODOC - Los días del Fuego (La Saga de los Confines III)